"Si quieres aprender, enseña". Marco Tulio Cicerón

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martes, 21 de enero de 2014

REFLEXIÓN. LA ADULTEZ TARDÍA. EXCLUSIÓN E INDIFERENCIA.

Aprovechando uno de los ensayos elaborados para otra asignatura acerca de la adultez tardía, aprovecharé, para plasmar una parte del mismo, intentando hacer reflexionar a mis lectores acerca de cuál es la posición en la que actualmente situamos a nuestros mayores en la sociedad; para posteriormente realizar una pequeña reflexión personal al respecto:

En una de mis últimas visitas a la residencia de ancianos donde se encuentra alojado mi tío-abuelo, y observar algunas de las cosas que allí acontecían, algunas preguntas rondaban por mi cabeza, ¿A quién consideramos “anciano” en esta sociedad? ¿Por qué está aumentando tanto, la demanda de residencias? ¿Son considerados los adultos mayores un “estorbo” para la sociedad? ¿Están cambiando los valores sociales  en torno al respeto y cuidado de los ancianos?  
Por un lado, aunque en las sociedades no industrializadas se percibía a los ancianos como un colectivo sabio y que gozaba de gran experiencia, y aunque en algunas minorías, como en la etnia gitana, se sigue manteniendo esta imagen de la vejez; a partir del siglo XX, esto comenzó a cambiar. El aumento de la esperanza de vida debido a los avances que se han conseguido en economía y medicina, unido a que cada vez dedicamos más tiempo a nuestro trabajo y a que las viviendas dónde habitamos son cada vez más pequeñas; ha provocado que nuestros mayores no tengan cabida en nuestra sociedad.
Además, parece evidente además, que actualmente existen cambios en la composición de las familias y en la concepción de los compromisos y responsabilidades familiares. Así, mientras nuestros mayores creen que los jóvenes tenemos la obligación moral de encargarnos de su cuidado por todo lo que ellos hicieron por nosotros en el pasado, nosotros nos estamos dedicando, a ser independientes, a disfrutar el momento y a vivir a corto plazo, dando de lado a nuestros mayores. ¿O acaso no es así?. 
Por tanto, podremos decir que, en la cultura occidental en la que nos encontramos, los ancianos, por lo general, son considerados un “estorbo”, siendo las residencias “los lugares que simbolizan de forma extrema el desarraigo familiar de los viejos y el abandono que sufren” (Fericgla,1992).
Por otro lado cabe destacar el hecho, de que por lo general, “las personas mayores son tratadas con respeto mientras aún pueden cuidar de sus nietos, encargarse de las tareas domésticas, hacer labores, o realizar cualquier otra actividad que nos aporta algún tipo de beneficio” (Feixa,1996). Pero, ¿qué ocurre cuando nuestros ancianos ya no pueden valerse pos sí mismos y necesitan de nuestra ayuda? Entonces, los convertimos en “chatarra social” (Vázquez,1999), y los dejamos desprovisto de estatus y de toda participación social activa; anulamos su capacidad de decisión, e ignoramos sus opiniones en muchas ocasiones; es decir, “los arrinconamos como ciudadanos acabados y desprovistos de toda utilidad pública, al mismo tiempo que les adoctrinamos para que se aparten del mundo… hasta que la muerte venga a por ellos” (Comfort, 1984. “Citado por Osorio,2006”).
A mi juicio, otra de las causas de la exclusión de los ancianos en nuestra sociedad, es el hecho de que hemos sustituido la información, experiencia y conocimiento que antes nos transmitían nuestros mayores, por la que ahora nos transmiten los medios de comunicación o por la que se nos transmite a través de la institución escolar. Así, ahora es el joven el que sabe y el que tiene el “poder”, mientras que se considera que los ancianos no saben porque “chochean”, pasando así a estar dirigidos por los jóvenes. De esta manera, en la sociedad occidental, “la vejez produce un regreso a la dependencia hacia la familia en particular, y a la sociedad en general” (Harm 1999. “Citado por Ronzón,2010”).
Esta concepción negativa del concepto de vejez, que lleva a las personas de la tercera edad hacia la exclusión y marginación social, ha convertido el término anciano en indeseado, de manera que, aunque casi todo el mundo quiere vivir muchos años, nadie quiere llegar a viejo. Así, se considera que la vejez es “una especie de infección, una enfermedad contagiosa cuyo contacto hay que evitar a toda costa” (Schirrmacher 2004.“Citado por Osorio, 2006”).
Además, ¿nos hemos parado a pensar por un momento cómo se sienten nuestros mayores ante este rechazo por parte de la sociedad?
En una conversación con los ancianos de la residencia, pude observar que nuestros mayores interiorizan ese rechazo social, y se perciben en torno a los valores de inutilidad e incapacidad que la sociedad les atribuye. Además, la percepción de vejez sobre sí mismos, depende de su capacidad para realidad las actividades cotidianas, de manera que se su autoestima y su autopercepción se debilitan cuando tienen que depender de las personas de su entorno para la realización de dichas actividades. Sin embargo, “aunque el envejecimiento físico es inevitable, la persona que lo experimenta puede mantener el control sobre su actitud, evitando así convertirse en una persona vieja” (Ronzón 2003).

Desde mi punto de vista, deberíamos de comenzar a luchar por recuperar los valores de respeto y comprensión hacia nuestros mayores, ya que pienso que todavía tienen mucho que aportar a nuestra sociedad. Además, deberíamos de tener en cuenta que algún día, si esto no cambia, nosotros mismos seremos los excluidos, los marginados, y los que sufriremos indiferencia, ya que la juventud no dura toda la vida.
De esta manera, si me sitúo en la perspectiva de la educación social y el trabajo social, pienso que se deberían promover desde estos ámbitos, el desarrollo de medidas que favorecieran el envejecimiento activo, de manera que se otorgara a nuestros ancianos deberes, responsabilidades y el ejercicio de derechos para evitar así su exclusión de la toma de decisiones. También, veo necesario que desde dichos ámbitos, se generen políticas sociales que provean a la sociedad de los mecanismos necesarios para que se favorezca la inclusión y la participación ciudadana de nuestros mayores; así como la búsqueda de una serie de mecanismos orientados hacia el respeto y consideración de los ancianos; siendo la educación permanente un buen medio para ello.

Referencias:
Páez, C. (2011). Ensayo. La tercera edad. Exclusión e indiferencia. Antropología de la Educación.
Como en la reflexión figuran algunas citaciones, he de decir, que para la realización del ensayo (referencia arriba indicada), utilicé las siguientes referencias:
§   Fericgla, Josep M.(1992). Envejecer. Una Antropología de la ancianidad. Barcelona: Herder.
§   Feixa, C. (1996): «Antropología de las edades». En J. PRAT y A. MARTÍNEZ (editores): Ensayos de antropología cultural (319-335). Barcelona: Ariel
§   Osorio, P. (2006). Exclusión generacional. Revista Mad (Departamento de Antropología. Universidad de Chile), 14.
§   Vázquez,F.(1999). Hacia una cultura de la ancianidad y de la muerte en México. Papeles de Población (Universidad Autónoma del Estado de México), 19,65-75.
§   Ronzón, Z. (2010). La percepción subjetiva de la vejez en la vida cotidiana. Una visión Antropológica. En Montoya,J (coord).Análisis sociodemográfico del envejecimiento en el Estado de México (208-229).


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